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jueves, 6 de marzo de 2014

la Huída de la Globalización

Si hay una imagen que recuerde de mi estancia en Atenas hace 6 años, es la de un grupo de 5 perros apostados en un paso de cebra de la hoy tristemente famosa Plaza Síntagma, ladrando con furia al tráfico rodado cada vez que el semáforo se ponía en verde. Por aquél entonces tenía 26 años y apenas había viajado, pero ya empezaba a tomar consciencia del difícil y en ocasiones angustioso y claustrofóbico mundo o cárcel económica planetaria en la que vivimos. Años más tarde, estuve en la India y me maravillé de ver como en las ciudades del norte del país, humanos, perros, macacos y cuervos vivían en mayor o menor armonía, sin que los primeros dejasen de respetar o perturbaran la vida de los segundos. Aquél equilibrio, a pesar de los terribles problemas ambientales que afronta el subcontinente asiático, me produjo una enorme satisfacción, reconfortándome en la adversidad de aquél, en ocasiones, aciago viaje.


El mejor amigo del hombre, descansando al sol de la Acrópolis


Dentro de 5 días me voy a Bucarest a vivir allí por una temporada, punto de partida de posterior viaje a pie en el que pretendo recorrer vastas y salvajes regiones de Bulgaria, Grecia y Turquía, y una de las noticias que más me ha regocijado el alma, es el conocer que en dicha urbe campan a sus anchas unos 60.000 cánidos, a pesar de otras desagradables noticias que hablan de ataques e incluso muerte de civiles a manos de jaurías descontroladas. Parece ser que la industrialización promovida por el dictador Ceaucescu en los años 50, provocó la emigración desde el medio rural a la capital de miles de familias, que abandonaron a miles de mascotas a su suerte. En Atenas, mi primo y yo tuvimos la inmensa fortuna de ser escoltados por 3 bellos y cariñosos ejemplares durante toda una tarde, paseando a través de una ciudad caótica y desordenada, en la que sin embargo no sentimos estrés u agobio alguno. Más bien, todo lo contrario. La parsimonia o la "pereza" del pueblo griego, redujo significativamente la ansiedad que ya nos traíamos de la Europa "más civilizada". Esa misma Europa que ahora se encuentra inmersa en una profunda crisis y la misma que ha dictado las políticas de austeridad que hoy ahogan a todo el continente, y que se cebaron especialmente con el pueblo griego.




No parece que Bucarest sea del agrado de la inmensa mayoría de amigos o familiares a los que les he comentado esta nueva aventura que me dispongo a iniciar con confianza, ilusión y esperanza. Parece que un sinfín de prejuicios y temores (delincuencia, incultura o pobreza), se oponen entre sus mentes y la realidad. Realidad que sólo puede ser evaluada mediante el trabajo de campo, es decir, la propia vivencia física en esta ciudad. Según me han contado, Bucarest es un lugar de fuertes contrastes y mayor miseria, pero al parecer, la gente es maravillosamente hospitalaria. He de confesar que, al igual que en la novela 1984 de Orwell, cada vez manifiesto más interés por lugares "poco civilizados" proletarizados o pobres, en un creciente apego por regiones del planeta que aún no están sujetas a un sinfín de leyes absurdas, cuadriculada normativa  y embrutecimiento vital y espiritual. Lugares en donde la gente aún conserva ese ápice de naturalidad, autenticidad o solidaridad que en las grandes capitales del primer mundo, se ha perdido o se pierde a marchas forzadas en una espiral de soledad y estupidez colectiva.


Diógenes "el perro", sentado en su tinaja.


Por eso, el saber que allí, hasta hace relativamente poco (la muerte de un niño atacado por una jauría reavivó el tenso debate en septiembre pasado), no han empezado a meter a los pobres perros en jaulas de perreras inmundas para ser sacrificados en un breve espacio de tiempo, ser torturados o apaleados, colgados de la rama de un árbol o vendidos para consumo humano (China), ya es más que suficiente indicador de la anarquía que ando buscando. Ahora saltarán los escépticos de turno, argumentando que esos perros están enfermos de rabia, son peligrosos y muerden a la gente, si por accidente llegas a acercarte más de la cuenta. Falacias, o bien, casos aislados. Bastará con alejarse de zonas aisladas o no aproximarse demasiado a grandes grupos. Y hablo desde la experiencia, la experiencia que me dice que ningún animal supera al hombre en maldad, que perciben nuestras energías, huelen nuestro miedo y son infinitamente más nobles que nosotros y jamás nos atacarían si no se sienten amenazados, y además con razón. En todo caso, la culpa recae sobre aquellos desalmados que los abandonaron en su momento.


Bucarest


De modo que, probablemente, sufra las consecuencias de la austeridad en mis carnes y no disponga de la comodidad que actualmente disfruto en Madrid. Pero si de algo estoy seguro, es de que me sentiré más tranquilo en un lugar en el que, como digo, hasta hace relativamente poco tiempo, no han asesinado a los animales por el mero hecho de deambular libres y sin dueño. Dicho esto, aconsejo a cualquiera que no se encuentre atado por infames trabajos o esclavizado por perniciosas y generalmente ilegítimas deudas contraídas con pútridos bancos, por hipotecas, vehículos a motor, insulsos negocios u otras mercaderías,  que corten amarras cuanto antes y comiencen a hollar un mundo que espera a ser conquistado por todo valiente que se precie. La naturaleza ama el coraje y desprecia al mediocre, ese androide biológico de este nuevo tiempo que ya ha renunciado a la vida, aunque todavía no lo sepa. 


lunes, 6 de enero de 2014

Sentinel del Norte: La isla prohíbida


Las cifras de población real se desconocen, pero se cree oscilan entre los 50 y los 400 indivíduos.


Leyendo un reportaje acerca de lugares inhóspitos y de difícil acceso, incluso para aquellos aventureros  más avezados, he descubierto un remoto lugar que me ha producido una fascinación y excitación inmediatas. Se trata de una isla salvaje (siempre tuve especial predilección por los territorios sujetos a la condición de aislamiento que ofrece la insularidad) situada en los trópicos del océano índico, o dicho de otro modo, en los confines de la tierra, si se considera el archipíelago indio de las islas Andamán como tal.

Este recóndito y exótico lugar se utilizó durante décadas, aproximadamente desde 1858 hasta los albores de la Segunda Guerra Mundial, como destino penitenciario y de trabajos forzados (tala de árboles, principalmente) para todos aquellos descontentos que tenían la osadía de amotinarse contra la presencia imperial británica en la India.

Los primeros encontronazos de los casacas rojas con las tribus nativas de las islas de Andamán, (unos 10.000 individuos aproximadamente), fueron reportados cómo muy violentos, si bien la mayoria de "salvajes" fueron pacificados y colonizados, exceptuando aquellos de nuestra isla, un trozo de tierra de tierra verde, más o menos uniforme, aislado en el extremo noroccidental del archipiélago, que ha mantenido hasta el día de hoy, una violabilidad cercana a cero, por parte de los embates del mundo moderno. Esto la convierte, probablemente, en la última isla aislada con población nativa salvaje que además, rechaza cualquier tipo de injerencia externa... y con razón.


Nativo de Sentinel: La mueca de su rostro muestra con claridad que no somos bien recibidos...


La isla es conocida con el nombre de Sentinel del Norte y actualmente y desde 2005, sus habitantes gozan de una política respetuosa y no intervencionista por parte del gobierno indio, lo cual es no sólo sorprendente hoy en día, sino también elogiable. Su pequeño tamaño, apenas 72 kilómetros cuadrados, unido a sus impenetrables selvas, su díficil y arriesgada circunnavegación por culpa de los arrecifes y golpes de mar y la peligrosidad de los nativos, probablemente hayan contribuido a que durante 60.000 años, esta etnia indígena que se cree procede del continente africano, cazadora-recolectora, de baja estatura y piel oscura (los antropólogos los definen con el nombre de "negritos"), haya permanecido en relativa calma y práctica pureza de adaptación sostenible. No obstante, esta tranquilidad se vio quebrada en ocasiones por incidentes aislados acaecidos desde finales del siglo XIX, hasta hace sólo un puñado de años. En cualquier caso, todos los intentos por civilizar (...o incivilizar...) a este pueblo, han sido en vano.


Guerreros sentineleses arrojando flechas a un helicóptero de los guardacostas indios tras la muerte de dos pescadores en enero de 2006, el último incidente fatal del que se tiene constancia.


La primera información acerca de un posible poblamiento en la isla Sentinel, fue advertida en 1771 por el topógrafo británico John Ritchie, que avistó una multitud de luces que se movían desde el buque hidrográfico de la East India Company "The Diligent". Casi 100 años después, en 1867, un funcionario local fue enviado a la zona para explorarla y en la temporada de monzones de ese mismo año, un barco mercante indio naufragó en los arrecifes, siendo los 106 pasajeros y tripulantes supervivientes, hostigados por los indígenas hasta que fueron rescatados por un navío británico. Si bien los primeros contactos tuvieron lugar mucho antes,  ya que Marco Polo escribió acerca de los centineleses en el siglo XIII, alegando que: 


 "Si un extranjero llega a sus tierras lo matan inmediatamente y acto seguido se lo comen

La expedición liderada por Maurice Vidal Portman, se internó en la espesura de la isla llevándose a dos ancianos incapacitados para caminar, que se encontraron por allí y que murieron a los pocos días, así como a un grupo de niños que fueron devueltos con regalos para el resto de nativos, en un malicioso intento de seducir a la tribu, y de los que no se volvió a saber nada más. Portman, prestigioso oficial de la armada británica conocido por pacificar varias tribus andamanesas entre 1879 y 1901, fracasó pues en su intento en la isla de Sentinel.

Unos años más tarde, en 1895, se trató de establecer contacto usando como médium a un nativo de la isla que convivía con la tribu de los Onge, pero fue igualmente rechazado. Al año siguiente, en 1896, tres convictos fugados del centro penitenciario de Port Blair, arribaron a las proximidades de la isla, sin embargo dos murieron ahogados en el arrecife y el tercero fue asesinado en la playa, siendo recuperado su cadáver poco después. Es probable que esta fuga fuese el detonante de la construcción de otro recinto de máxima seguridad en Port Blair conocido como "Cellular Jail", al tiempo que el movimiento antimperialista en India cobraba cada día más fuerza.




La segunda oleada de acoso exterior tuvo lugar en la década de los 70,  con la llegada de varias expediciones de antropólogos indios y americanos custodiados por policía armada, con objeto de fotografiar y de nuevo hacer ofrendas (pescado) a los sentineleses. En la primera ocasión, marzo de 1970, los expedicionarios fueron obsequiados con un extraño rito sexual por parte de los nativos, que se juntaron en parejas y comenzaron a copular ante la atónita mirada de los presentes, retirándose progresivamente a la espesura y desapareciendo entre los árboles. En 1974 tuvieron lugar otras 3 expediciones armadas, nutridas con documentalistas indios (Man in search of man) y fotógrafos del National Geographic, que lograron desembarcar volviendo a depositar ofrendas en la playa (entre las que se encontraba un cerdo, papel de aluminio y una muñeca). Los aborígenes, desconfiados, enterraron los presentes y les obsequiaron con una lluvia de flechas en dos ocasiones, una de las cuales el jefe de la expedición fue alcanzado en la pierna, mientras constataban como el avezado arquero se destornillaba de risa, sentado bajo un árbol, tras comprobar que su certero disparo había tenido éxito. Hasta el Rey Leopoldo III de Bélgica, un apasionado de la antropología social, quiso aventurarse un año más tarde en un acercamiento nocturno a prudencial distancia de la isla, siendo recibido, nuevamente, con hostilidad por parte de un guerrero que le amenazó con su arco.


Los restos del Primrose, al noroeste de la isla, en la actualidad.


En 1981, otro buque mercante, el primrose, encallaba en el arrecife fatalmente. Aunque la tripulación manifestó su deseo de desembarcar, el capitán, precavido, ordenó que nadie abandonase el barco. A los pocos días, un angustioso aviso de radio por parte de este mismo capitán, precipitó y adelantó la llegada del rescate:


"Hombres salvajes, más de 50 portando armas caseras, están haciendo dos o tres barcos de madera, tratarán de abordarnos al atardecer"


Efectivamente, se produjeron fuertes enfrentamientos entre la tripulación del Primrose y los indígenas, hasta la llegada de los refuerzos. Las consecuencias de este percance, se saldaron con la muerte de varios indígenas en escaramuzas con operadores de salvamento armados, que visitaron la isla tras el naufragio del Primrose.


Buque mercante Primrose en los años 80. Imagen tomada por el capitán Robert Fore.


La década de los 90, fue la más pródiga de esta larga lista de frustraciones, sucediéndose la entrega de comida (cocos, plátanos y demás avituallamiento) de forma pacífica, con bastante acercamiento por parte de los expedicionarios y sin hostilidades por parte de la población local. Sin embargo, y a pesar de estos tímidos avances, diversas críticas llevaron a la conclusión de que las contínuas interferencias y la sola presencia de los investigadores, podía alterar significativamente el objeto de estudio, además de crear una peligrosa dependencia del exterior por la constante entrega de alimentos, por lo que se decidió desistir. 




El penúltimo incidente conocido tiene lugar tras el tsunami de 2004, cuando un helicóptero sobrevuela la zona para evaluar daños y buscar posibles supervivientes, pero vuelve a ser rechazado a pedradas. El incidente del helicóptero, ese amenazador pájaro de metal que provoca un horroroso estruendo, me hace recordar aquella fotografía que dió la vuelta al mundo y colgué en una entrada en este blog hace dos años http://amokeko.blogspot.com.es/2011/12/los-ultimos-reductos-salvajes.html, en la que un avión de reconocimiento de la FUNAI, fue también atacado desde tierra en la Amazonia recóndita por una tribu local, que persiste en su afán por no ser molestada y rechaza cualquier intromisión del hombre blanco. 

Finalmente, y como colofón al culebrón de esta peculiar isla, el 26 de enero de 2006, dos pescadores de cangrejos que faenaban de forma ilegal en la zona, Sunder Raj y Pandit Tiwari, de 48 y 52 años respectivamente, se quedaron dormidos, probablemente alcoholizados, a bordo de su barca, que mal anclada, terminó varando en la orilla. A pesar del esfuerzo de otros compañeros que les gritaban en la lontananza para advertirles del peligro que corrían, estos no se percataron y fueron interceptados y asesinados por los sentineleses, que les semi-enterraron en la arena. Un helicóptero de la policía trató de aterrizar para recuperar los cuerpos, pero hubo de desistir dada la agresividad de los moradores y la lluvia de flechas habitual.


La barca de los dos desafortunados pescadores, tomada por los aborígenes


Particularmente, y en un mundo que agoniza, siento envidia y un gran respeto hacía estas tríbus indígenas, y me sugiere una total y completa indiferencia el hecho de que sean caníbales analfabetos. Porque seguro que si han podido y sabido mantenerse en tan pequeño territorio durante sesenta milenios, es porque han alcanzado un equilibrio sostenible con el entorno digno de admiración y es más que comprensible que no quieran saber nada de las endemoniadas y perniciosas actividades del hombre moderno. Es probable que si tuviesen información detallada de lo que sucede en el mundo o el estado ambientalmente deplorable en el que se encuentra el cercano subcontinente indio, se adentrarían en los más profundo de la isla, presas del terror, a construir búnkeres de tierra o plazas fortificadas para defenderse del horroroso mundo exterior, o tal vez su isla, su cultura y su historia decidiesen que es mejor dejarse engullir en las profundidades del Golfo de Bengala para no emerger nunca más.

Por otra parte, resulta reconfortante el saber que todavía quedan comunidades de hombres libres en algunos rincones del planeta y que la tierra es lo suficientemente grande para dar todavía cobijo a aquellos que no quieren saber nada del  enfermizo e ignominioso capitalismo actual, en clara fase terminal.


Fuente: http://www.thelivingmoon.com The Forbidden Island - A Land Untouched - North Sentinel Island

miércoles, 27 de noviembre de 2013

Mochilero en Fuerteventura

Afortunadamente tuve la suerte, dadas mis precarias condiciones laborales, un dinerito ahorrado que tenía y la feliz y completa ausencia de ataduras económicas que actualmente gozo, de salir cagando leches de la cloaca madrileña a finales de octubre con un destino incierto a través de las afortunadas islas canarias. Una vez allí, acompañado por un enorme macuto en el que llevaba un buen equipo de pernocta (tiendecita individual, esterilla hinchable y saco de dormir, fieles aliados nocturnos de un servidor...), tuve la suerte de experimentar toda una serie de aventuras por las desérticas y volcánicas tierras de Lanzarote y Fuerteventura, lugares mágicos y salvajes, aderezados además por una acogedora y cálida población nativa. Ésta, parece refugiarse en las lindezas naturales y el buen clima de sus islas del atropello político y la dictadura económica que se ciernen sobre las gentes de este país, institucional, política y socialmente hablando, salvo raras excepciones en el tercer punto, de mierda.


Zonas desérticas al sur de la isla de Lanzarote. Allí el hombre poco o nada tiene que hacer, y su no presencia se agradece una barbaridad...


Y digo esto, porque por mucho que uno salga lejos del epicentro de la infamia y de la porquería, (véase Madrid durante la bendita huelga de basuras, fiel reflejo de lo que se cuece y se representa en esta babilónica urbe), siempre se encontrará, en menor o mayor medida, con los tentáculos sistémicos que oprimen la vida y el sentido común. Con esto me refiero a la esclavitud, por supuesto, económica, pero también a la consolidación de dos clases, (también diferenciadas por el nivel económico), que parecen alejarse cada vez más la una de la otra en un refundado feudalismo: hablo de la clase patronal, es decir, empresarios y gente con dinero que no hacen sino aumentar su patrimonio a expensas de su propia avaricia y el sudor y el sufrimiento de la segunda, la clase trabajadora. 



Una muestra clara y evidente de ingeniería social en una tienda de souvenirs de Morro Jable. Ya hasta se estampan camisetas que invitan a la abulia mental y a la resignación del colectivo borrego.

La banca como siempre, en este caso Bankia y Caja Canarias, haciendo de las suyas también por estos lares con su publicidad vil y manipuladora, directa al subconsciente de la más tierna infancia. No vivas hoy, vive mañana, cuando ya apenas tengas energía o vitalidad más que para cambiarte los pañales de una vida cagada...parece querer decir realmente...


Ambas clases, además, tienen un denominador común, y es que son esclavas a su vez del dinero, en particular la primera y aunque cueste creerlo, pues es a la que más infecta y ciega para desesperación de la segunda. "El dinero posee, y lo que tengas te poseerá", nada es más cierto que esto, pues cuanto más dinero tiene una persona, mayor es la codicia, la preocupación y por qué no decirlo, la podredumbre interior que le genera en la inmensa mayoría de los casos. Bastó con varios ejemplos en el todavía paraíso majorero de Morro Jable, que vinieron a confirmarme lo que ya sabía con antelación, pero me negaba a seguir viendo en un lugar tan apartado del mundo como lo es esta península de arenas, vientos, mares turquesa y luces blancas de Mafasca.


Playa de Morro Jable, infestada de tumbonas y guarnecida en primera línea por un gran número de hoteles de gran categoría que se llenan de turistas, principalmente alemanes, durante todo el año. Los germanos son el principal motor económico de la isla, aunque a los lugareños les cueste aceptarlo en muchos casos. Un nuevo ejemplo de amor-odio entre nativo y turista, pues el primero necesita al segundo, por más que le pese...


El caso es que siempre fui persona con don de gentes, y esto me conduce a terminar hablando con cualquiera que se precie, independientemente de su condición u estatus socio-económico, como buen montaraz que me considero. De este modo entablé conversación e incluso amistad con camareros, vigilantes de seguridad, fotógrafos, técnicos de mantenimiento en hoteles, pescadores, parados, paradas, emigrantes, marginados e incluso temidos y denostados "locos", que a la postre terminaron siendo los más inteligentes y sabios del lugar: extraña casualidad que viene a confirmarme una segunda y triste realidad, que todo aquél que piensa y dilucida sin complejos, acaba siendo dado de lado por la inmensa mayoría. Una mayoría conformista que sufre sus penas en silencio o trata de sobreponerse inútilmente a la realidad de sus vidas, cayendo en el letargo y la autodestrucción del tabaquismo, el alcoholismo u otros vicios, a modo de soma paliativo, para sobreponerse a interminables y estresantes jornadas de trabajo caracterizadas por la monotonía y el cercenamiento de la mente creativa.


El viejo "loco" Luis, un hombre lleno de aristas que no se ha dejado limar por los avatares de la vida, auténtico, sincero y de afilada pluma, por cuyos escritos casi paga con su vida. Vivía con su perro protector, casi en la miseria, en su velero.


También pude conocer algunos ejemplos de la clase empresarial, pocos pero suficientes, dados a la ostentación de vehículos, yates de lujo y mujeres despampanantes de día, y a la ludopatía o el alcoholismo que demostraba lo vacío de sus vidas, de noche. Al final, todo este microcosmos de Morro Jable, aún rodeado por la fuerza de los elementos y del mundo natural, podría tener los días contados, y convertirse en un hediondo Arrecife o Puerto del Rosario en pocos años (Un Las Palmas en miniatura), dependiendo de la deriva de sus gentes, ya sea por inacción consumada o exceso de codicia, o bien, por las dos cosas juntas a la vez. La tranquilidad que aún se respira en muchos puntos del pueblo o del muelle, podría también irse al traste si el crecimiento económico descontrolado e insostenible termina haciendo de las suyas en este paraje, como ha sido el caso en infinidad de puntos turísticos que antaño disfrutaban de una calidad ambiental y paisajística de alto nivel, acorde a un antropización exponencialmente equitativa.


Vista del muelle de Morro Jable desde un tranquilo y salvaje barranco que conecta el pueblo con la zona portuaria y el que tuve ocasión de pernoctar en una ocasión, bajo la protección de un granado.


Personalmente, tras experimentar desde el otro lado de la barrena las miserias humanas que caracterizan el falso concepto de "el tiempo es oro", he de ser realista y por tanto negativo en esta cuestión. El capitalismo se erige hoy en día como un monstruo que crece a ojos vista, y que aún teniendo los pies de barro, terminará sepultando todo lo bello y lo auténtico bajo toneladas de lodo negro. Un lodo tan negro como la consciencia colectiva de una sociedad humana que insiste en retroalimentarlo a diario, y que sigue tropezándose día tras día en una equívoca forma de vida. Lo trágico es que ni unos ni otros, tanto lo que mandan como los que obedecen, parecen darse cuenta de cual es su verdadero enemigo. Y entre medias, sobrevivimos apenados aquellos que, atrapados entre la espada y la pared, tratan de hacerles ver a ambos bandos lo equivocados que están.



Pese a todo, encontré lugares en los que pude encontrar una pequeña medida de paz y tranquilidad interior, como en el mágico valle de las tres mil palmeras, en el municipio de Haría (Lanzarote), o en la playa de "Las Coloradas", en Morro Jable...






viernes, 13 de abril de 2012

Escupe, más no caraspees

¿Por qué sois tan sucios? ¿Os gusta vivir en la mugre?  Cuantas veces habré deseado formularles dicha pregunta, tan sólo dios lo sabe, si acaso lo recuerda. ¿Por qué lo tiráis todo al suelo? Imposible de comprender, algo tan simple. Pero esas cosas, no se preguntan, simplemente uno observa, padece y trata de comprender, pero calla. No es tu país, asique no vayas de listo y no cuestiones las costumbres ajenas. Sólo intenta meterte en la cabeza lo siguiente: ¿ Cómo no van a escupir, si arrojan a la tierra sobre la cual caminan todos los enseres y residuos plásticos inimaginables que pasan diariamente por sus manos?. Ya se encargarán, deben pensar, los cuervos, perros, vacas y demás bestias de dar buena cuenta de todo lo aprovechable. El resto, será la maltrecha y extasiada madre naturaleza, la encargada de descomponerlos con el tiempo.


Problema, reacción, solución, pero a la inversa. Así funciona la India, país de costumbres y estampas decimonónicas incomprensibles para un tierno europeo criado entre algodones. Para abordar una cuestión real, a veces es mejor profundizar en el arquetipo indiano. Probablemente encontremos en este las respuestas a todas nuestras dudas. No obstante, pensaría el más avezado lector, se puede escupir, sin tener que avisar uno con antelación de dicha intención, más vale ser discreto y… No vayas de listo! Piensa. Si todos escupen, entonces, ¿Cómo harían para no brearse a gargajos los unos a los otros, siendo tantos como son, si no carraspeasen previamente? Imagina los terribles conflictos en el que la ausencia de esta primitiva costumbre derivaría! De nuevo, vuelvo a encontrar respuesta a mi pregunta, de la cual tan sólo queda la molestia y el asco que me produce oír a todas horas el sonoro, característico, gutural y puerco ruido que precede al tóxico esputo. El carraspeo es el educado y obligado aviso entre hermanos, asique mejor, seamos positivos y centrémonos en la creatividad resultante. Fijémonos más bien, en el rico abanico de posibilidades y variedades que ofrece el escupitajo indio. Esa costumbre que tienen de masticar tabaco en polvo rojizo, da lugar a posteriori a las más hermosas pictografías que puedan imaginarse. Son como pequeños Mirós desparramados con gracia por suelos y paredes. ¿No es maravilloso? ¿Acaso no es esta la mejor y más natural representación de arte urbano cotidiano que pueda existir?


Otra cosa que choca violentamente con la sonora ostentación del escupitajo, es el meado. Nada que ver, en este caso. Al principio, miraba extrañado como ciertos tipos se detenían en cunetas y bordes de tranquilas y solitarias calles, acequias, montoncitos de basura o en los propios muros de los edificios. Se agachaban y poníanse en cuclillas. Daba la sensación de que estaban buscando algo, o estaban pensativos escribiendo un sms con sus teléfonos móviles o quizá sólo atándose los zapatos. Luego caí en la cuenta de que todo lo que cae al suelo es inútil, sea perecedero o no, de que allí gustan de comunicarse a viva voz y de que no tienen vocación de dedos planos. Finalmente, de que sus amocasinados zapatos, rara vez suelen tener cordones. La solución al enigma quedaba pues desvelada: Estaban orinando. Pero era tal la discreción y el silencio, que cualquiera hubiera pensado en cada una de las opciones anteriores. Bravo por ellos, pues así, al menos, no se salpican ni los zapatos, ni los móviles, ni los pensamientos.



martes, 3 de abril de 2012

El lado oscuro de India

Que no os engañen, la india hace tiempo que perdió su espiritualidad, si es que alguna vez la tuvo. Verdad es que la gente es afable, respetuosa, encantadora, cercana y muy familiar, pero bajo esa falsa apariencia de exagerada cortesía, casi siempre, se esconde una devoción aun mucho mayor por el dinero. En efecto, por encima de shivas, hanuman y demás dioses indios, reina la corrupta rupia. La codicia y la fiebre por poseer estos mugrientos billetes no tiene límites. Todo el país se ha convertido en un inmenso mercadillo que va desde las sedas mas lujosamente enhebradas, hasta los vendedores de chay y cacahuetes de las estaciones de tren. Todo ello al grito de Allo! Allo! Yes Sir?. No digamos ya los Sadhus o Babas, venerados también por su austera existencia y su mística sabiduría; el 95% no hacen otra cosa que tenderte la mano para pedir dinero. Es verdaderamente, triste.




Unido a ello, nos encontramos un parque temático, que poco tiene que ofrecer una vez ha sido degustada su atracción principal, es decir, el todo. Porque este "todo", se repite por doquier, conformando una realidad que termina por agobiar y cansar. Templos, callejuelas con encanto, divertidos monos, bazares multicolores cuajados de textiles, especias y bisuterías, niños y viejecitas entrañables y sonrientes, comida a bajo precio..todo a bajo precio.., si, de acuerdo, pero la oferta es escasa, y exceptuando ciertos matices, como decía, es repetitiva. Si a todo ello le añadimos la terrible contaminación, que llega hasta ahogar en algunas ciudades, el insoportable trafico, tanto por el ruido de los infernales cláxones que nunca cesan de pitar, como por el toxico y mareante bullicio que genera, y la pesadilla que suponen los eternos desplazamientos en trenes y autobuses abarrotados y sucios (alrededor de 216 horas acumulan mis maltrechos huesos en estos medios de transporte), así como las largas esperas en las estaciones, la India, deja pronto de ser un paraíso, para convertirse en un infierno. Y digo esto, sin contar con los contratiempos, las mas que probables diarreas, los mosquitos, los malos olores, la basura callejera y, como no, la presencia de aquellos que intentan sacarte los cuartos o sencillamente la de aquellos pesados que buscan conversación, seguramente por mero aburrimiento, y son incapaces de ver un blanco sin cerrar la boca. Todo ello, claro, empeora si uno viaja de mochilero y con un presupuesto ajustado, que es a mi modo de ver, la manera mas autentica de experimentar este lugar.


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Por otra parte, la cultura emergente es no sólo cutre, sino patética, y una copia sin filtros del capitalismo corporativo occidental. Basta con encender la televisión para sufrir el bombardeo constante e implacable de anuncios consumistas, películas Made in Bollywood sencillamente lamentables, canciones de moda infumables o multitud  de engreídos y endiosados gurús de pacotilla, soltando estúpidas charlas que las multitudes siguen enfervorizadas en templos o pabellones. Además, parece haber 4 o 5 modelos y pseudoactores elegidos al dedillo, que aparecen en la pequeña pantalla copando protagonismo una y otra vez, anuncio si, anuncio también. Una especie de dioses medianamente guap@s y con cuerpos esculturales, creados de la nada, con objeto de mantener a la ingente masa en la inopia y con la baba colgando. No es difícil de imaginar el daño que toda esta marea está infligiendo a la vieja india, consolidando la nueva, capitalista y superficial realidad que va tomando forma en una sociedad con profundos problemas y crecientes desigualdades. Además, cuando uno ve la realidad a pie de calle, se pregunta que porcentaje de la población india sera capaz de llevar el tren de vida que vomitan los MassMedia a todas horas. Un utópico tren de vida. Deben de ser del orden de un 1%, currantes a sueldo en las grandes compañías, que vivirán ahogados en un mar de letras en los barrios medianamente ricos de Mumbai. El resto, se contentan con tener un Nokia con la memoria cargada de extenuantes canciones, con las cuales van atronando por todas partes a todo volumen, y los mas afortunados, con una moto Honda Hero o Royal Enfield, con la cual recorren kilómetros de calle sorteando Rickshaws, perros famélicos y turistas despistados como monigotes.


John Abraham, el nuevo y denteroso sex symbol e ídolo de masas. Otro vendido que nos encontramos hasta en la sopa...


Dicho esto, la India esta bien, es divertida, entretenida, curiosa, siempre que se tome con moderación y con mucha paciencia. De lo contrario abstenerse, porque termina agotando. Estamos ante un país emergente que se consume como la marabunta a una velocidad atroz, y una víctima más del desarrollismo corporativo y desigual. Otra cosa, si buscáis naturaleza virgen, buenas playas y cielos limpios y despejados, tampoco tendreis demasiada suerte, a no ser que os perdáis en el desierto de Rajasthan y os licuéis como un polo, o decidáis marchar al norte, muy cerquita de las montañas. Lo único que veréis, en su defecto, son cielos grisáceos y árboles mortecinos con las hojas cubiertas de polvo.

sábado, 24 de marzo de 2012

Mararikulam: El Reino de Dios




De todos los lugares de la India en los que hasta la fecha he permanecido, en ninguno de ellos me había sentido tan cerca de mi hogar o de mis seres queridos como en el desperdigado pueblecito costero de pescadores de Mararikulam, en Allepey. Si buscaba un remanso de paz y armonía, realmente conseguí encontrarlo en este lugar, que permanecerá en lo más profundo de mi ser para siempre. No llegué aquí por casualidad, escapando del infierno urbano de Cochín. Fue la promesa de arena blanca, mar azul, sol y palmeras, la que finalmente dió con mis huesos aquí. En cierto modo, había leído con avidez la recomendación que hacía  National Geographic sobre Marari beach, catalogándola como una de las 10 mejores playas paradisíacas del mundo, y dejado seducir, también, por varias fotografías retocadas sin duda con ayuda de photoshop.  De lo primero, no encontré demasiado. La arena era mas o menos blanca, si, pero salpicada por ronchones y manchas negras de petróleo por todas partes. De lo segundo, tampoco. El mar no era ni mucho menos del azul de riviera maya con el que soñaba, sino mas bien verdoso, batido e increíblemente turbio. Tan turbio, que no te veías las manos a un palmo de distancia. Lo tercero, encontré mas de la cuenta, ya que sufrí  importantes quemaduras el primer día, que tardaron en curar una semana. Por ultimo, las palmeras, quizá lo único que cumplió mis expectativas a nivel paisajístico, pues estaba cuajado de ellas por todas partes, siendo el coco, junto al arroz, el casabe de yuca y el anacardo, uno de los productos agrícolas característicos de la región.



Pero sin duda, es la pesca el medio de subsistencia tradicional de este pueblo. Pesca rudimentaria, pero efectiva, teniendo en cuenta la gran cantidad de pequeños peces que las redes artesanales extraían del océano cada día, en su mayoría, sardinas. De estos, tan solo probé en dos ocasiones, y tuve que desistir a la mitad de la pieza, dado el ingente numero de espinas que poblaban sus entrañas. Sin embargo, cada noche, me sentaba en la playa y podía ver infinidad de luces a escasos kilómetros de la costa, fijas en el horizonte de un mar que resplandecía debido al fulgor de los rayos producidos por tormentas lejanas. La gran pesca extractiva a estas alturas, probablemente me ofreció la posibilidad de degustar el atún y el tiburón mas sabrosos que jamas he probado.



En cuanto a la fauna, volvió a sorprenderme la endemoniada cantidad de cuervos parasitarios que habitaban toda la zona. No solo carroñeros, también depredadores, pues fui testigo del relato que hacia una francesa, que contó espeluznada como un cuervo había atacado a un águila marina, matándola. Este molesto pájaro de mal agüero se encontraba por doquier, avisando constantemente de su presencia con sus graznidos. Sin embargo, no era el único, y por fortuna callaba al atardecer, dándole el relevo a otros de canto mas armonioso. En la playa pude ver pequeños grupos de gaviotas, además de ejércitos de grandes cangrejos amarillos que corrían despavoridos hacia el agua nada mas notar la presencia humana, volviendo a salir a espaldas del caminante. No había un resquicio de orilla libre de estos crustáceos.



Por lo demás, la naturaleza en Mararikulam se encuentra en un estado de paréntesis en cuanto al deterioro ambiental, a pesar de que Allepey, que dista tan solo 15 kilómetros, siga la corriente de la depredación y el consumismo indios. La cultura pesquera, los resorts de lujo playeros, y los famosos "Backwaters" contribuyen a conservar nimiamente este lugar, que aun permanece relativamente aejno al circuito del turismo de masas. Este delicado equilibrio podría romperse en cualquier momento. Pude ver nuevamente bastante cantidad de basura plástica, especialmente en los canales y en la playa, pero al menos aqui, varias personas se dedican a mantener mas o menos limpia esta ultima. Bastaba con movilizarse 4 kilómetros hacia el interior, y dar con la carretera N.H 47, para despertar violentamente de la tranquilidad del entorno y volver a la cruda realidad del trafico asfixiante, el ruido, la basura en las cunetas y los rótulos publicitarios invasores que deprimen a cualquiera.



No solo la tranquilidad y la naturaleza en Mararikulam son un pequeño reducto de paz inmerso en la vorágine capitalista que descompone este país, también sus gentes, nuevamente, volvieron a impresionarme por su humanidad, su gran corazón y sus sonrisas permanentes. El lugar hace a la gente y la gente hace el lugar, podría decirse. Este pueblo cristiano, devoto y generoso, apoyado en el sagrado pilar de la familia y del respeto hacia sus costumbres y tradiciones, parece ser tremendamente consciente de lo que esta ocurriendo a su alrededor. Los últimos 15 anos han transformado profundamente la región, y el destino, mas incierto que nunca, no parece demasiado alentador. Diana, la hija de mi anfitrión, parecía tenerlo claro, cuando hablando de este y otros temas relacionados, me sorprendió diciéndome que, a sus 19 anos, no tenia intención alguna de marcharse a ver mundo o de salir de su tierra natal. Quizá, esta sea una de las mejores ideas que puedan tenerse.


martes, 20 de marzo de 2012

De Bangalore a Cochin

Hace días que no publico. Tal vez porque la tecnología en este lugar, por fortuna, es aun de era mesozoica. Tal vez, porque me encuentro demasiado envuelto en una vorágine de encuentros, enriquecedoras experiencias y regocijantes sensaciones. Quizá sean ambas cosas o puede que ninguna de ellas. Pero siempre queda un momento y un lugar para el epilogo.

Llegue a Kerala hace apenas dos semanas, en un estado físico y mental deplorable, y fui a parar, como no, al peor de los purgatorios posibles: Cochin. Detrás dejaba Bangalore,  ciudad que apenas pude ver  de noche, y trás 14 horas de autobús en primera fila, pilotado por un experimentado y kamikaze conductor. Este, echaba la vista atrás con frecuencia  y me miraba muriéndose de la risa,  consciente de que mi animo y mi maltrecha espalda empeoraban cada 10 kilómetros, al tiempo que sorteaba, adelantaba u esquivaba cualquier cosa que se le pusiese por delante con extraordinaria pericia.




Me rió de la experiencia de cualquier conductor occidental. Si algún día llegamos a viajar con naves espaciales a traves de peligrosos campos de asteroides, sin duda serán manejadas por gente de esta raza. De tiempo en tiempo, paradas de 10 minutos en áreas de servicio y pueblos, intervalo temporal mas que suficiente para echar una cabezadita sobre el volante, y seguir ruta por el oscuro infierno de asfalto indio, a todo lo que daba el cochambroso trasto, y sin inmutarse un ápice. Bravo. Es todo lo que se me ocurrió y todo lo que le dije, estrechándole la mano en la oficina de la estación de Cochin.




Las 5 de la mañana y fui dulcemente despertado por el revisor, un entrañable y bajito personaje natural de Kerala, que se asemejaba mas a un duende mágico que a otra cosa. "Kochi, Sahib", pude escuchar aun entre sueños. Abrí pesadamente un ojo y pude ver su inalterable y blanca sonrisa que previamente había lucido durante todo el viaje,  trabajando como un negro y cobrando innumerables billetes a innumerables viajeros, que iban subiendo y bajando del autobús como hormiguitas, camino de esta ciudad a la cual llegamos 50 minutos antes de lo previsto. Me incorpore penosamente tras despegar mi piel del asiento, que debido al sudor y el peso  había quedado perfectamente sellada a la mugrienta tapicería plástica. Había dormido aproximadamente una hora, pero me parecieron 8. Una vez incorporado, lo primero que pude ver fue una gigantesca cucaracha marrón galopando a velocidad supersónica sobre las inmundicias del suelo. " Pata", así llaman aquí a la cuca común. Definitivamente, estaba en el sur.




Fuera del autobús  o dentro, lo mismo daba, oscuridad y un calor húmedo asfixiante. No sabia donde me encontraba, pero al igual que en múltiples ocasiones anteriores, me limité a echar a andar, confiando ciegamente en la providencia que raramente me falla cada vez que me lanzo al vacío. Calles desiertas, palmeras, enredaderas, ratas, y una incipiente actividad humana que a las dos horas comenzaba a ser febril, fue todo lo que vi. Olor a pescado podrido, fue todo lo que pude oler. La ciudad parecía haber quedado abandonada hacia meses, a juzgar por la increíble vegetación que asomaba por todas partes y parcheada con multitud de eriales y solares aparentemente abandonados en los que  esta enraizaba profusamente. En aquél momento, todo este escenario amenizado además por la rica variedad de cantos de pájaros tropicales que viven en estas latitudes, me produjo un enorme bienestar, y debo decir que me hubiera quedado deambulando felizmente por allí, si no hubiera sido por el peso de la mochila, el dolor de espalda y el cansancio acumulado, que comenzaban a avisarme seriamente de que necesitaba una cama con urgencia. Sin mebargo, dos horas más tardé en encontrar un lugar donde caer finalmente derrengado, en el mismo corazón de la ciudad, la avenida principal y el meollo comercial de Ernakulam: La Avenida Mohadma Ghandi.




Debo reconocer que no disfruté de mi estancia en Cochín y que por momentos fué hasta verdaderamente penosa. Durante tres noches fui devorado por ejércitos de mosquitos que parecían surgir de la nada en mi habitación. Por mucho que los matase, seguían apareciendo. Mis dolores de espalda no mejoraban, y mi animo rozaba limites de bajeza insospechados hasta entonces. Los precios, el doble que en el resto de la India. Tan solo salía del hotel para alimentarme cual alimaña en búsqueda de su sustento diario. El resto del tiempo, lo pasaba enganchado al televisor engullendo películas en un canal bollywoodiense cortadas por insufribles anuncios cada 15 minutos. Afortunadamente, la amabilidad del encargado, un hombre que rozaba la sesentena de apacible carácter, hizo mas amena mi estancia, enriqueciéndola incluso con momentos verdaderamente cómicos. Tenia la costumbre de quedarse dormido en todas partes, aunque principalmente lo hacia sobre el diván de la pequeña recepción del motelucho, colocando un despertador sobre el mostrador que, puntual, sonaba cada noche a las tres en punto de la mañana. Y puntual, mas de una vez tuve que incorporarme y andar todo el pasillo para despertarle, pues afortunado éste, su sueño era bien profundo y placentero.




Por lo demás, la ciudad es tan solo una copia barata del capitalismo occidental, que devora este pais royéndolo hasta los huesos. Carteles publicitarios invasivos y mareantes, trafico, ruido y contaminación insana, joyerías por todas partes, cadenas de comida rápida como Domino's Pizza o KFC. Todo absolutamente comercial, pero con la cutrez que caracteriza el "quiero y no puedo" del capitalismo indio, es decir: Olores nauseabundos provenientes de los canales de aguas fecales que fluyen a los lados de la calle y que se filtran a traves de las fisuras que dejan las grandes losas de piedra dispuestas sobre ellos o cableado sin soterrar y peligrosos generadores de energía a plena luz del día, desprovistos de vallas de aislamiento e incluso de paneles que los protejan del agua de lluvia. Todo Un parque de atracciones del el suicida eléctrico. Incluso los maniquiés en las tiendas tienen un aire siniestro y tétrico, sucios, cutres y estropeados como están. A pesar de todas estas incómodas trivialidades pertenecientes al ambiente callejero, 5 días me absorbió este ciudad, de la cual experimenté un gran alivio al alejarme y acercarme a Mararikulam, a 20 kilómetros de Aleppo.






lunes, 12 de marzo de 2012

Indian Railways

Aun recuerdo las palabras de Steve cuando le pregunte acerca de la comodidad de viajar en tren en la India.  "You,ll see...", me respondió sarcasticamente, al tiempo que improvisaba una mueca de mofa mirándome con sorna. Efectivamente, mas de 4000 kilómetros de vía férrea después, un servidor pudo experimentar lo que supone viajar en tren en este país, y puedo afirmar que cualquiera que se marche de aquí sin haber degustado previamente las  inolvidables características de la Indian Railways Company, no puede considerársele el haber vivido o viajado en India.




En primer lugar, las estaciones son un completo caos y merecen mención aparte. Solo en una estación de la India puedes ver motos circulando a toda velocidad por el anden, vacas cruzando las vías, perros vagabundos, mercaderes vendiendo fruta a grito pelado, ratas comiendo verdura podrida en carros abandonados y cucarachas correteando por el suelo. Aquí las llaman "Pata" o algo así. Todo esto, sin contar con la cantidad de gente tirada por el suelo a todas horas, verdaderos campamentos improvisados en cualquier rincón. A pesar de estas particularidades, la puntualidad y el orden en la llegada de trenes están fuera de toda duda. Ellos mismos están orgullosos del funcionamiento de sus sistemas, a pesar de estar atronando constantemente consignas y avisos por los altavoces de las mas de 7000 estaciones que existen desperdigadas por los 65000 kilómetros de vía férrea que fragmentan la geografía del país. No debe de ser fácil organizar el medio de transporte mas concurrido de India, en función de la increible demanda, el bajo presupuesto existente y los mas de 1000 millones de personas que viven aquí y se desplazan constantemente.




En el interior de los vagones, al menos en la clase Sleeper, los compartimientos están abiertos y se componen por unidades de seis camastros enfrentados, tres a cada lado, de los cuales los dos del medio son abatibles. Enfrente de cada uno, al otro lado del pasillo, hay otros dos camastros, el de abajo transformable en dos sillones. Hay 6 por cada vagón, y un total de 48 camastros. En el medio hay una ridícula mesita y también existen percheros metálicos dispuestos en cogollos de tres donde pueden colgarse bolsos, ropa u otros enseres. Las maletas y mochilas grandes, la gente las mete debajo del camastro de abajo, aunque debido a la existencia de bandas organizadas que se suben en las estaciones a robar ( los vagones andan abiertos todo el viaje, incluso circulando a cualquier velocidad), es preferible atarlos con cadenas, o dormir sobre los mismos.




La mugre y la suciedad, están a la orden del día, como en el resto de lugares. Lo primero que pude ver nada mas subir la primera vez en Haridwar, fue como unos niños mutilados y harapientos limpiaban con sus propias ropajes y arrastrándose por el suelo, todas las marranadas que en el había depositadas. Todo, a cambio de unas miseras rupias que pedían con insistencia. Las paradas en las estaciones, son igualmente insufribles, debido a su frecuencia y los ruidos de gente subiendo y bajando, gritos de vendedores que se pasean constantemente ofreciendo chais, samosas, pakoras, agua, fruta, patatas, pulseras, llaveros y demás mercaderías, pero sobretodo, debido al repugnante olor a letrina. No es de extrañar que en los baños del tren, este ultimo aspecto se encuentre debidamente indicado, ya que se ruega a los pasajeros no hacer sus necesidades en las estaciones o cuando el tren este parado. Como es lógico, todo va directamente fuera. Aun así, pude ver estupefacto, como un ejercito de mujeres empleadas de limpieza, regaban las vías con agua en la estación de Chennai, limpiando o tratando de limpiar, toda la porquería que allí se acumulaba. Afortunadamente, los viajes son tan largos, que  existe tiempo de sobra para acostumbrarse a las lindezas de los trenes indios..






sábado, 10 de marzo de 2012

Varanasi, en las orillas del tiempo




Hace ya casi una semana que abandone la ciudad sagrada de Varanasi, a la cual llegue todavía enfermo desde Rishikesh, el primero de marzo. 5 días permanecí aquí, aunque hubiere deseado que la estancia se prolongase durante mas tiempo. Considero que esta ciudad fue un antes y un después del largo viaje que me ha traído hasta la India, donde tras dos semanas de deambuleo por el norte, conseguí por fin adaptarme a la realidad de este país. Varanasi no me defraudo en absoluto, pues si buscaba experiencias intensas las encontré y a raudales. Tampoco olvidare nunca las amistades que hice aquí, ni la apabullante hospitalidad de sus habitantes. Definitivamente adoro a este pueblo. Al mas mínimo atisbo de preocupación o tristeza, desamparo o problema, se ofrecen desinteresados para ayudarte, apoyarte u aconsejarte. Es imposible andar mas de 10 pasos sin encontrarte miradas afables y amistosas, lo cual a veces puede agobiar, pero a la larga se agradece. Es realmente impresionante la inteligencia emocional y el cultivo de la faceta espiritual que caracteriza a este pueblo. Tuve que declinar infinidad de invitaciones a cenas, comidas y alojamientos en sus hogares, por falta de tiempo y puro pudor. En occidente no estamos acostumbrados a un trato tan personal, cercano y familiar. Una verdadera lastima. Aquí, como siempre les digo, todo el mundo se ayuda y se apoya en lo que puede. Imposible ver a una persona tirada en el suelo o cualquier conflicto, sin que una muchedumbre se vuelque al instante con la intención de solucionar cualquier problema que se precie.




En el tren, Steve y yo conocimos a Sabine, una francesa que soportaba estoica y pacientemente los arrebatos sexuales de un inspector de policía que viajaba en nuestro vagón, y a Katherine y Nikita, una joven pareja alemana de una calidad humana fuera de lo común. Juntos y unidos como una piña, emprendimos el viaje hacia ese universo incierto de Varanasi, en el que la vida y la muerte parecen fluir entremezcladas con armonioso sosiego y crédula amistad. 


Tras una primera noche de toma de contacto en Vishnu Guest House, Steve, Sabine y yo conseguimos alojarnos en casa de Santos, un correoso y serio personaje, que regenta un cafe en Bengali Tohla, la callejuela principal de la ciudad antigua. Nada como la hospitalidad de un hogar indio. Sabedor de mis problemas intestinales, no me dejo probar otra cosa que no fuese arroz hervido, curd y bananas durante 48 horas. El hombre, destina todos los ahorros en pagar los estudios de su bella hija mayor, Jyoti, nombre que lleva el propio café. Afortunadamente tuvimos oportunidad de pernoctar en la cuarta planta del edificio, donde tan solo los macacos nos despertaban bien entrada la mañana, saltando por los techos y trepando por las ventanas,  estas ultimas bien provistas de rejas, por entre las cuales introducían las manos y jugueteaban con las cortinas de la habitación. 




Volvió a impresionarme la enorme cantidad de perros, vacas y monos que abundaban por todas partes. Los primeros, dormidos y atolondrados durante el día, parecían librar batallas territoriales por la noche, a juzgar por los temibles gemidos y persistentes ladridos que llegaban a nuestros oídos. Pronto caí en la cuenta, de que si bien el día pertenecía a los hombres, la noche era propiedad del reino animal. Al menos, a uno le proporciona cierto alivio comprobar con que respeto se trata a los animales aquí. Me recordó mi estancia en Atenas, donde los perros andaban igualmente sueltos y libres. Aun recuerdo la imagen de 4 de ellos ladrando al trafico, apostados en un paso de cebra en la plaza de Sintagma, escenario estos últimos tiempos de revueltas y violentos altercados contra el sistema. En contrapartida, en ciudades como Madrid, un perro sin dueño o sin chip, tiene las horas de libertad y los días de vida, contados.




Como es lógico, no podíamos irnos de Varanasi sin navegar el rió sagrado de Shiva, para lo cual escogimos uno de los momentos mas sagrados y bellos del día: La puesta de sol. Asistir desde el agua, debidamente avituallados con todo lo necesario para este tipo de experiencia, a la Puja sagrada y a las cremaciones en los Ghats, todo ello bañado por la increíble música y el sonido que emana de una de las ciudades mas antiguas del mundo, es una emotiva experiencia imposible de relatar. Era como estar viviendo en otro siglo, en otro tiempo. Sencillamente, fue uno de esos momentos que te vienen atropelladamente a la memoria justo antes de morir.






Esa misma tarde, acudimos previamente al Ghat principal, donde se queman alrededor de 400 cadáveres diarios, con la ayuda de madera de sándalo. Resulta bastante impactante ver cuerpos humanos arder la primera vez, pero mas impactante aun es el ver la tranquilidad y la paz con la que se realizan estas peculiares incineraciones, y como algunos hombres remueven los fuegos con largas canas de bambú, como si se tratase de una enorme cocina improvisada a orillas del río donde se preparasen costillas a la brasa. Mas tarde, uno comprende que se trata de algo natural, y que al menos les queman con flores y hermosos vestidos, envueltos en una sobrecogedora atmósfera de rito y tradición, mientras a nosotros nos queman en una triste y metálica incineradora. No obstante, el olor a carne quemada, el bochorno, y la propia ceniza calléndonos sobre la cabeza, termino por ahuyentarnos del lugar.




Al día siguiente, cruzamos a la otra orilla del río, y decidimos aventurarnos en las campiñas que rodean la ciudad. Caía la noche, pero no nos importaba. Llevabamos velas. Tras andar un par de kilometros, llegamos al limite de la civilización. Allí solo se oían grillos y había nubes de mosquitos sobrevolando nuestras cabezas. Rodeados por agrupaciones de palmeras, en medio de plantaciones de arroz, nos sentamos en un pequeño campo en barbecho y esperamos la caída de la noche. Poco después, nos acercamos a una cabaña que había en los alrededores donde vivía un baba, que cocinaba tranquilo sus chapatis bajo un inmenso cielo estrellado. Dos días después, nuestros destinos se separarían, y el sueno de Varanasi se evaporaría como el agua en el tiempo. Sabine se fue a Agra, Nikita y Katherine a un centro de meditación en Kerala, Steve marchó a  recorrer sendas nepalíes, y yo me dirijí hacia Bangalore.