
Ni siquiera la crisis financiera actual ha sido suficiente para frenar los ánimos de codicia, que siguen renovándose a medida que las aguas de la economía vuelven a sus primitivos cauces. Sin embargo han puesto de manifiesto una vez más, por si ya no lo sabiamos, la ruindad de algunos personajes, los escándalos financieros y de corrupción en diferentes partidos políticos, y quizá lo más importante, la sensación definitiva de que algo no funciona nada bien, y esto no sucede por casualidad. Es provocado.
El último informe de Greenpeace acerca del estado de las costas en el litoral español es deplorable y trágico, y constituye el reflejo de un modelo de crecimiento insostenible, o sostenido unicamente por las ansias de lucro de la mayoría. En el se indica el estado actual de alrededor de 230 Espacios Naturales Protegidos, de los cuales más de 100 corren un serio peligro, debido a la presión constante en los últimos años de un número ingente y descontrolado de asentamientos humanos, y el impacto del turismo. Resulta cuanto menos, curioso, que el concepto de veraneo de muchos españoles esté basado en desplazarse de una gran ciudad, como puede ser Madrid o Barcelona, a otra ciudad costera, emergida en la mayoría de los casos sin nigún tipo de criterio ambiental y urbanístico, y que acaba por corromper los valores naturales de la zona, ya sea por el impacto residual o paisajístico.
Estos nuevos núcleos urbanos, dificilmente permiten la desconexión de las alienantes dinámicas de las ciudades de las cuales proceden los flujos de veraneantes. La estructura sistémica se perfila aquí del mismo modo que en cualquier barrio de la capital: terciarización masiva con nuevos centros comerciales, aglomeración humana y contaminación, colapso y contaminación acústica del transporte privado,etc.. por no hablar del estado de las aguas en muchas playas y la desaparición progresiva de los ecosistemas marinos que albergan, pues no debemos olvidar la presencia de puertos deportivos, con el tráfico marítimo y las consecuencias negativas para la fauna y flora litoral que ello conlleva. Si a esto le unimos los vertidos descontrolados, y la falta de capacidad de las depuradoras existentes, el panorama se convierte en desolador a corto plazo.
El estado ruinoso de los ecosistemas litorales es tan solo un ejemplo a nivel mundial, de las grave amenaza que supone para el ser humano la aniquilación sistemática del mundo natural. Nuestra propia esencia reside en la naturaleza, y su desaparición solo puede conllevar, a largo plazo, a nuestra propio final. Como especie evolucionada, nos corresponde una labor de protección y conservación de nuestro planeta, un ser vivo del que formamos parte, y cuyos ciclos naturales hemos comenzado a alterar con consecuencias aún imprevisibles. Quizá la clave del poblema debamos buscarla en nuestro propio interior, en el conocimiento intrínseco de nosotros mismos, que nos debería permitir el acceso a un plano de conciencia multidimensional, que nos conecte de una vez por todas con las energías de Gaia y el resto del universo, abandonando finalmente el plano tridimensional y material en el que estamos atrapados, en particular, en las ciudades. Esta búsqueda de lo sutil y lo espiritual, es el único camino, si queremos despertar a tiempo de una pesadilla que nos anula como seres humanos.

El desequilibrio entre tecnología y espiritualidad se hace por lo tanto patente al tiempo que los desequilibrios entre riqueza y pobreza, aumentan, y con ello un desequilibrio general a escala planetaria, volcado hacia el plano de la densidad material, y que aparta al hombre de la conexión de Gaia con el resto del Cosmos, en un ejercicio de anulamiento espiritual en cada uno de nosotros, y en un momento astronómico de cambio inminente. El mundo de Blade Runner nos acecha, y los próximos años serán decisivos.