miércoles, 28 de marzo de 2012

El fin de los dias

Desde India, escribo, el fin de los días. Desde aquí, sumido en el desconcierto de la marea humana y la fiebre consumista, enfermo y desespero en un mundo sin salida. Las puertas se han cerrado, bloqueadas. El paraíso, anegado, ha dejado de existir, y solo ofrece destellos terminales de luz en un mundo que agoniza. Un mundo ahogado, fétido, revuelto. La tierra, descarnada, expoliada, envilecida, ardiente y humeante bajo los pies del hombre, amenaza ahora con quemarlo. El ser humano destruido, extinguido. Una pesadilla sepultada para siempre en los registros de la historia universal. La cuenta atrás ya ha comenzado. El hombre libre murió. Dejo de existir hace ya tiempo, cuando las ultimas tierras ajenas a su infame naturaleza fueron descubiertas y saqueadas. El espíritu del hombre esclavo y terminal, hace lo propio ahora, al tiempo que desaparecen sus hermanos los animales.


Perros callejeros husmean restos de comida entre la basura, en una barriada de Bangalore

Descansa pues en paz, hijo bastardo, o mejor aun,  mejor no descanses, consúmete en un mar de remordimientos y dudas. Sufre la culpa y la frustración, generada por tus acciones. Observa tu triste obra desde el cadalso, hiriente e inhumana o, tal vez humana? En cualquier caso, desalmada. Observa el reflejo de lo que eres, pero también de todo aquello que pudiste ser y jamas tuviste el valor de ser. No digas que no tuviste la oportunidad de cambiar las cosas. La naturaleza, sabia y eterna, todo te lo entregó. Y fue tal su ofrecimiento, tan magnánima su gracia y pura su condición, que te dio hasta su penúltimo aliento de vida. Mas no el ultimo, pues este lo uso para hacerte desaparecer, antes de volver a regenerarse, despertando así de un mal sueno que pronto fue olvidado...



sábado, 24 de marzo de 2012

Mararikulam: El Reino de Dios




De todos los lugares de la India en los que hasta la fecha he permanecido, en ninguno de ellos me había sentido tan cerca de mi hogar o de mis seres queridos como en el desperdigado pueblecito costero de pescadores de Mararikulam, en Allepey. Si buscaba un remanso de paz y armonía, realmente conseguí encontrarlo en este lugar, que permanecerá en lo más profundo de mi ser para siempre. No llegué aquí por casualidad, escapando del infierno urbano de Cochín. Fue la promesa de arena blanca, mar azul, sol y palmeras, la que finalmente dió con mis huesos aquí. En cierto modo, había leído con avidez la recomendación que hacía  National Geographic sobre Marari beach, catalogándola como una de las 10 mejores playas paradisíacas del mundo, y dejado seducir, también, por varias fotografías retocadas sin duda con ayuda de photoshop.  De lo primero, no encontré demasiado. La arena era mas o menos blanca, si, pero salpicada por ronchones y manchas negras de petróleo por todas partes. De lo segundo, tampoco. El mar no era ni mucho menos del azul de riviera maya con el que soñaba, sino mas bien verdoso, batido e increíblemente turbio. Tan turbio, que no te veías las manos a un palmo de distancia. Lo tercero, encontré mas de la cuenta, ya que sufrí  importantes quemaduras el primer día, que tardaron en curar una semana. Por ultimo, las palmeras, quizá lo único que cumplió mis expectativas a nivel paisajístico, pues estaba cuajado de ellas por todas partes, siendo el coco, junto al arroz, el casabe de yuca y el anacardo, uno de los productos agrícolas característicos de la región.



Pero sin duda, es la pesca el medio de subsistencia tradicional de este pueblo. Pesca rudimentaria, pero efectiva, teniendo en cuenta la gran cantidad de pequeños peces que las redes artesanales extraían del océano cada día, en su mayoría, sardinas. De estos, tan solo probé en dos ocasiones, y tuve que desistir a la mitad de la pieza, dado el ingente numero de espinas que poblaban sus entrañas. Sin embargo, cada noche, me sentaba en la playa y podía ver infinidad de luces a escasos kilómetros de la costa, fijas en el horizonte de un mar que resplandecía debido al fulgor de los rayos producidos por tormentas lejanas. La gran pesca extractiva a estas alturas, probablemente me ofreció la posibilidad de degustar el atún y el tiburón mas sabrosos que jamas he probado.



En cuanto a la fauna, volvió a sorprenderme la endemoniada cantidad de cuervos parasitarios que habitaban toda la zona. No solo carroñeros, también depredadores, pues fui testigo del relato que hacia una francesa, que contó espeluznada como un cuervo había atacado a un águila marina, matándola. Este molesto pájaro de mal agüero se encontraba por doquier, avisando constantemente de su presencia con sus graznidos. Sin embargo, no era el único, y por fortuna callaba al atardecer, dándole el relevo a otros de canto mas armonioso. En la playa pude ver pequeños grupos de gaviotas, además de ejércitos de grandes cangrejos amarillos que corrían despavoridos hacia el agua nada mas notar la presencia humana, volviendo a salir a espaldas del caminante. No había un resquicio de orilla libre de estos crustáceos.



Por lo demás, la naturaleza en Mararikulam se encuentra en un estado de paréntesis en cuanto al deterioro ambiental, a pesar de que Allepey, que dista tan solo 15 kilómetros, siga la corriente de la depredación y el consumismo indios. La cultura pesquera, los resorts de lujo playeros, y los famosos "Backwaters" contribuyen a conservar nimiamente este lugar, que aun permanece relativamente aejno al circuito del turismo de masas. Este delicado equilibrio podría romperse en cualquier momento. Pude ver nuevamente bastante cantidad de basura plástica, especialmente en los canales y en la playa, pero al menos aqui, varias personas se dedican a mantener mas o menos limpia esta ultima. Bastaba con movilizarse 4 kilómetros hacia el interior, y dar con la carretera N.H 47, para despertar violentamente de la tranquilidad del entorno y volver a la cruda realidad del trafico asfixiante, el ruido, la basura en las cunetas y los rótulos publicitarios invasores que deprimen a cualquiera.



No solo la tranquilidad y la naturaleza en Mararikulam son un pequeño reducto de paz inmerso en la vorágine capitalista que descompone este país, también sus gentes, nuevamente, volvieron a impresionarme por su humanidad, su gran corazón y sus sonrisas permanentes. El lugar hace a la gente y la gente hace el lugar, podría decirse. Este pueblo cristiano, devoto y generoso, apoyado en el sagrado pilar de la familia y del respeto hacia sus costumbres y tradiciones, parece ser tremendamente consciente de lo que esta ocurriendo a su alrededor. Los últimos 15 anos han transformado profundamente la región, y el destino, mas incierto que nunca, no parece demasiado alentador. Diana, la hija de mi anfitrión, parecía tenerlo claro, cuando hablando de este y otros temas relacionados, me sorprendió diciéndome que, a sus 19 anos, no tenia intención alguna de marcharse a ver mundo o de salir de su tierra natal. Quizá, esta sea una de las mejores ideas que puedan tenerse.


martes, 20 de marzo de 2012

De Bangalore a Cochin

Hace días que no publico. Tal vez porque la tecnología en este lugar, por fortuna, es aun de era mesozoica. Tal vez, porque me encuentro demasiado envuelto en una vorágine de encuentros, enriquecedoras experiencias y regocijantes sensaciones. Quizá sean ambas cosas o puede que ninguna de ellas. Pero siempre queda un momento y un lugar para el epilogo.

Llegue a Kerala hace apenas dos semanas, en un estado físico y mental deplorable, y fui a parar, como no, al peor de los purgatorios posibles: Cochin. Detrás dejaba Bangalore,  ciudad que apenas pude ver  de noche, y trás 14 horas de autobús en primera fila, pilotado por un experimentado y kamikaze conductor. Este, echaba la vista atrás con frecuencia  y me miraba muriéndose de la risa,  consciente de que mi animo y mi maltrecha espalda empeoraban cada 10 kilómetros, al tiempo que sorteaba, adelantaba u esquivaba cualquier cosa que se le pusiese por delante con extraordinaria pericia.




Me rió de la experiencia de cualquier conductor occidental. Si algún día llegamos a viajar con naves espaciales a traves de peligrosos campos de asteroides, sin duda serán manejadas por gente de esta raza. De tiempo en tiempo, paradas de 10 minutos en áreas de servicio y pueblos, intervalo temporal mas que suficiente para echar una cabezadita sobre el volante, y seguir ruta por el oscuro infierno de asfalto indio, a todo lo que daba el cochambroso trasto, y sin inmutarse un ápice. Bravo. Es todo lo que se me ocurrió y todo lo que le dije, estrechándole la mano en la oficina de la estación de Cochin.




Las 5 de la mañana y fui dulcemente despertado por el revisor, un entrañable y bajito personaje natural de Kerala, que se asemejaba mas a un duende mágico que a otra cosa. "Kochi, Sahib", pude escuchar aun entre sueños. Abrí pesadamente un ojo y pude ver su inalterable y blanca sonrisa que previamente había lucido durante todo el viaje,  trabajando como un negro y cobrando innumerables billetes a innumerables viajeros, que iban subiendo y bajando del autobús como hormiguitas, camino de esta ciudad a la cual llegamos 50 minutos antes de lo previsto. Me incorpore penosamente tras despegar mi piel del asiento, que debido al sudor y el peso  había quedado perfectamente sellada a la mugrienta tapicería plástica. Había dormido aproximadamente una hora, pero me parecieron 8. Una vez incorporado, lo primero que pude ver fue una gigantesca cucaracha marrón galopando a velocidad supersónica sobre las inmundicias del suelo. " Pata", así llaman aquí a la cuca común. Definitivamente, estaba en el sur.




Fuera del autobús  o dentro, lo mismo daba, oscuridad y un calor húmedo asfixiante. No sabia donde me encontraba, pero al igual que en múltiples ocasiones anteriores, me limité a echar a andar, confiando ciegamente en la providencia que raramente me falla cada vez que me lanzo al vacío. Calles desiertas, palmeras, enredaderas, ratas, y una incipiente actividad humana que a las dos horas comenzaba a ser febril, fue todo lo que vi. Olor a pescado podrido, fue todo lo que pude oler. La ciudad parecía haber quedado abandonada hacia meses, a juzgar por la increíble vegetación que asomaba por todas partes y parcheada con multitud de eriales y solares aparentemente abandonados en los que  esta enraizaba profusamente. En aquél momento, todo este escenario amenizado además por la rica variedad de cantos de pájaros tropicales que viven en estas latitudes, me produjo un enorme bienestar, y debo decir que me hubiera quedado deambulando felizmente por allí, si no hubiera sido por el peso de la mochila, el dolor de espalda y el cansancio acumulado, que comenzaban a avisarme seriamente de que necesitaba una cama con urgencia. Sin mebargo, dos horas más tardé en encontrar un lugar donde caer finalmente derrengado, en el mismo corazón de la ciudad, la avenida principal y el meollo comercial de Ernakulam: La Avenida Mohadma Ghandi.




Debo reconocer que no disfruté de mi estancia en Cochín y que por momentos fué hasta verdaderamente penosa. Durante tres noches fui devorado por ejércitos de mosquitos que parecían surgir de la nada en mi habitación. Por mucho que los matase, seguían apareciendo. Mis dolores de espalda no mejoraban, y mi animo rozaba limites de bajeza insospechados hasta entonces. Los precios, el doble que en el resto de la India. Tan solo salía del hotel para alimentarme cual alimaña en búsqueda de su sustento diario. El resto del tiempo, lo pasaba enganchado al televisor engullendo películas en un canal bollywoodiense cortadas por insufribles anuncios cada 15 minutos. Afortunadamente, la amabilidad del encargado, un hombre que rozaba la sesentena de apacible carácter, hizo mas amena mi estancia, enriqueciéndola incluso con momentos verdaderamente cómicos. Tenia la costumbre de quedarse dormido en todas partes, aunque principalmente lo hacia sobre el diván de la pequeña recepción del motelucho, colocando un despertador sobre el mostrador que, puntual, sonaba cada noche a las tres en punto de la mañana. Y puntual, mas de una vez tuve que incorporarme y andar todo el pasillo para despertarle, pues afortunado éste, su sueño era bien profundo y placentero.




Por lo demás, la ciudad es tan solo una copia barata del capitalismo occidental, que devora este pais royéndolo hasta los huesos. Carteles publicitarios invasivos y mareantes, trafico, ruido y contaminación insana, joyerías por todas partes, cadenas de comida rápida como Domino's Pizza o KFC. Todo absolutamente comercial, pero con la cutrez que caracteriza el "quiero y no puedo" del capitalismo indio, es decir: Olores nauseabundos provenientes de los canales de aguas fecales que fluyen a los lados de la calle y que se filtran a traves de las fisuras que dejan las grandes losas de piedra dispuestas sobre ellos o cableado sin soterrar y peligrosos generadores de energía a plena luz del día, desprovistos de vallas de aislamiento e incluso de paneles que los protejan del agua de lluvia. Todo Un parque de atracciones del el suicida eléctrico. Incluso los maniquiés en las tiendas tienen un aire siniestro y tétrico, sucios, cutres y estropeados como están. A pesar de todas estas incómodas trivialidades pertenecientes al ambiente callejero, 5 días me absorbió este ciudad, de la cual experimenté un gran alivio al alejarme y acercarme a Mararikulam, a 20 kilómetros de Aleppo.






lunes, 12 de marzo de 2012

Indian Railways

Aun recuerdo las palabras de Steve cuando le pregunte acerca de la comodidad de viajar en tren en la India.  "You,ll see...", me respondió sarcasticamente, al tiempo que improvisaba una mueca de mofa mirándome con sorna. Efectivamente, mas de 4000 kilómetros de vía férrea después, un servidor pudo experimentar lo que supone viajar en tren en este país, y puedo afirmar que cualquiera que se marche de aquí sin haber degustado previamente las  inolvidables características de la Indian Railways Company, no puede considerársele el haber vivido o viajado en India.


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En primer lugar, las estaciones son un completo caos y merecen mención aparte. Solo en una estación de la India puedes ver motos circulando a toda velocidad por el anden, vacas cruzando las vías, perros vagabundos, mercaderes vendiendo fruta a grito pelado, ratas comiendo verdura podrida en carros abandonados y cucarachas correteando por el suelo. Aquí las llaman "Pata" o algo así. Todo esto, sin contar con la cantidad de gente tirada por el suelo a todas horas, verdaderos campamentos improvisados en cualquier rincón. A pesar de estas particularidades, la puntualidad y el orden en la llegada de trenes están fuera de toda duda. Ellos mismos están orgullosos del funcionamiento de sus sistemas, a pesar de estar atronando constantemente consignas y avisos por los altavoces de las mas de 7000 estaciones que existen desperdigadas por los 65000 kilómetros de vía férrea que fragmentan la geografía del país. No debe de ser fácil organizar el medio de transporte mas concurrido de India, en función de la increible demanda, el bajo presupuesto existente y los mas de 1000 millones de personas que viven aquí y se desplazan constantemente.




En el interior de los vagones, al menos en la clase Sleeper, los compartimientos están abiertos y se componen por unidades de seis camastros enfrentados, tres a cada lado, de los cuales los dos del medio son abatibles. Enfrente de cada uno, al otro lado del pasillo, hay otros dos camastros, el de abajo transformable en dos sillones. Hay 6 por cada vagón, y un total de 48 camastros. En el medio hay una ridícula mesita y también existen percheros metálicos dispuestos en cogollos de tres donde pueden colgarse bolsos, ropa u otros enseres. Las maletas y mochilas grandes, la gente las mete debajo del camastro de abajo, aunque debido a la existencia de bandas organizadas que se suben en las estaciones a robar ( los vagones andan abiertos todo el viaje, incluso circulando a cualquier velocidad), es preferible atarlos con cadenas, o dormir sobre los mismos.




La mugre y la suciedad, están a la orden del día, como en el resto de lugares. Lo primero que pude ver nada mas subir la primera vez en Haridwar, fue como unos niños mutilados y harapientos limpiaban con sus propias ropajes y arrastrándose por el suelo, todas las marranadas que en el había depositadas. Todo, a cambio de unas miseras rupias que pedían con insistencia. Las paradas en las estaciones, son igualmente insufribles, debido a su frecuencia y los ruidos de gente subiendo y bajando, gritos de vendedores que se pasean constantemente ofreciendo chais, samosas, pakoras, agua, fruta, patatas, pulseras, llaveros y demás mercaderías, pero sobretodo, debido al repugnante olor a letrina. No es de extrañar que en los baños del tren, este ultimo aspecto se encuentre debidamente indicado, ya que se ruega a los pasajeros no hacer sus necesidades en las estaciones o cuando el tren este parado. Como es lógico, todo va directamente fuera. Aun así, pude ver estupefacto, como un ejercito de mujeres empleadas de limpieza, regaban las vías con agua en la estación de Chennai, limpiando o tratando de limpiar, toda la porquería que allí se acumulaba. Afortunadamente, los viajes son tan largos, que  existe tiempo de sobra para acostumbrarse a las lindezas de los trenes indios..





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sábado, 10 de marzo de 2012

Varanasi, en las orillas del tiempo




Hace ya casi una semana que abandone la ciudad sagrada de Varanasi, a la cual llegue todavía enfermo desde Rishikesh, el primero de marzo. 5 días permanecí aquí, aunque hubiere deseado que la estancia se prolongase durante mas tiempo. Considero que esta ciudad fue un antes y un después del largo viaje que me ha traído hasta la India, donde tras dos semanas de deambuleo por el norte, conseguí por fin adaptarme a la realidad de este país. Varanasi no me defraudo en absoluto, pues si buscaba experiencias intensas las encontré y a raudales. Tampoco olvidare nunca las amistades que hice aquí, ni la apabullante hospitalidad de sus habitantes. Definitivamente adoro a este pueblo. Al mas mínimo atisbo de preocupación o tristeza, desamparo o problema, se ofrecen desinteresados para ayudarte, apoyarte u aconsejarte. Es imposible andar mas de 10 pasos sin encontrarte miradas afables y amistosas, lo cual a veces puede agobiar, pero a la larga se agradece. Es realmente impresionante la inteligencia emocional y el cultivo de la faceta espiritual que caracteriza a este pueblo. Tuve que declinar infinidad de invitaciones a cenas, comidas y alojamientos en sus hogares, por falta de tiempo y puro pudor. En occidente no estamos acostumbrados a un trato tan personal, cercano y familiar. Una verdadera lastima. Aquí, como siempre les digo, todo el mundo se ayuda y se apoya en lo que puede. Imposible ver a una persona tirada en el suelo o cualquier conflicto, sin que una muchedumbre se vuelque al instante con la intención de solucionar cualquier problema que se precie.




En el tren, Steve y yo conocimos a Sabine, una francesa que soportaba estoica y pacientemente los arrebatos sexuales de un inspector de policía que viajaba en nuestro vagón, y a Katherine y Nikita, una joven pareja alemana de una calidad humana fuera de lo común. Juntos y unidos como una piña, emprendimos el viaje hacia ese universo incierto de Varanasi, en el que la vida y la muerte parecen fluir entremezcladas con armonioso sosiego y crédula amistad. 


Tras una primera noche de toma de contacto en Vishnu Guest House, Steve, Sabine y yo conseguimos alojarnos en casa de Santos, un correoso y serio personaje, que regenta un cafe en Bengali Tohla, la callejuela principal de la ciudad antigua. Nada como la hospitalidad de un hogar indio. Sabedor de mis problemas intestinales, no me dejo probar otra cosa que no fuese arroz hervido, curd y bananas durante 48 horas. El hombre, destina todos los ahorros en pagar los estudios de su bella hija mayor, Jyoti, nombre que lleva el propio café. Afortunadamente tuvimos oportunidad de pernoctar en la cuarta planta del edificio, donde tan solo los macacos nos despertaban bien entrada la mañana, saltando por los techos y trepando por las ventanas,  estas ultimas bien provistas de rejas, por entre las cuales introducían las manos y jugueteaban con las cortinas de la habitación. 




Volvió a impresionarme la enorme cantidad de perros, vacas y monos que abundaban por todas partes. Los primeros, dormidos y atolondrados durante el día, parecían librar batallas territoriales por la noche, a juzgar por los temibles gemidos y persistentes ladridos que llegaban a nuestros oídos. Pronto caí en la cuenta, de que si bien el día pertenecía a los hombres, la noche era propiedad del reino animal. Al menos, a uno le proporciona cierto alivio comprobar con que respeto se trata a los animales aquí. Me recordó mi estancia en Atenas, donde los perros andaban igualmente sueltos y libres. Aun recuerdo la imagen de 4 de ellos ladrando al trafico, apostados en un paso de cebra en la plaza de Sintagma, escenario estos últimos tiempos de revueltas y violentos altercados contra el sistema. En contrapartida, en ciudades como Madrid, un perro sin dueño o sin chip, tiene las horas de libertad y los días de vida, contados.




Como es lógico, no podíamos irnos de Varanasi sin navegar el rió sagrado de Shiva, para lo cual escogimos uno de los momentos mas sagrados y bellos del día: La puesta de sol. Asistir desde el agua, debidamente avituallados con todo lo necesario para este tipo de experiencia, a la Puja sagrada y a las cremaciones en los Ghats, todo ello bañado por la increíble música y el sonido que emana de una de las ciudades mas antiguas del mundo, es una emotiva experiencia imposible de relatar. Era como estar viviendo en otro siglo, en otro tiempo. Sencillamente, fue uno de esos momentos que te vienen atropelladamente a la memoria justo antes de morir.






Esa misma tarde, acudimos previamente al Ghat principal, donde se queman alrededor de 400 cadáveres diarios, con la ayuda de madera de sándalo. Resulta bastante impactante ver cuerpos humanos arder la primera vez, pero mas impactante aun es el ver la tranquilidad y la paz con la que se realizan estas peculiares incineraciones, y como algunos hombres remueven los fuegos con largas canas de bambú, como si se tratase de una enorme cocina improvisada a orillas del río donde se preparasen costillas a la brasa. Mas tarde, uno comprende que se trata de algo natural, y que al menos les queman con flores y hermosos vestidos, envueltos en una sobrecogedora atmósfera de rito y tradición, mientras a nosotros nos queman en una triste y metálica incineradora. No obstante, el olor a carne quemada, el bochorno, y la propia ceniza calléndonos sobre la cabeza, termino por ahuyentarnos del lugar.




Al día siguiente, cruzamos a la otra orilla del río, y decidimos aventurarnos en las campiñas que rodean la ciudad. Caía la noche, pero no nos importaba. Llevabamos velas. Tras andar un par de kilometros, llegamos al limite de la civilización. Allí solo se oían grillos y había nubes de mosquitos sobrevolando nuestras cabezas. Rodeados por agrupaciones de palmeras, en medio de plantaciones de arroz, nos sentamos en un pequeño campo en barbecho y esperamos la caída de la noche. Poco después, nos acercamos a una cabaña que había en los alrededores donde vivía un baba, que cocinaba tranquilo sus chapatis bajo un inmenso cielo estrellado. Dos días después, nuestros destinos se separarían, y el sueno de Varanasi se evaporaría como el agua en el tiempo. Sabine se fue a Agra, Nikita y Katherine a un centro de meditación en Kerala, Steve marchó a  recorrer sendas nepalíes, y yo me dirijí hacia Bangalore.